En Venezuela, el problema nunca ha sido únicamente económico. La verdadera crisis ha sido la resistencia de un sistema político a aceptar que los pueblos cambian, evolucionan y exigen libertad. Cuando un régimen se aferra al poder ignorando el clamor popular, el país entero termina pagando las consecuencias.
Durante años, millones de venezolanos han pedido elecciones transparentes, instituciones independientes y respeto a los derechos humanos. Sin embargo, cada exigencia ciudadana ha sido respondida con persecución, censura y control político. La crítica pasó a ser “conspiración” y pensar distinto se convirtió en un riesgo. Organizaciones internacionales han seguido denunciando represión, presos políticos y restricciones a las libertades civiles en Venezuela.
El chavismo entendió hace tiempo que aceptar un verdadero cambio significarían perder el monopolio del poder. Por eso convirtió las instituciones en murallas políticas: tribunales alineados, organismos electorales cuestionados y medios sometidos a presión constante. La consecuencia fue devastadora: pobreza, migración masiva y una nación dividida entre quienes sobreviven y quienes tuvieron que marcharse.
Hoy Venezuela sigue atrapada en una tensión permanente entre la necesidad de transformación y el miedo oficial a perder el control. Incluso en medio de discursos sobre “apertura” y “nuevo momento político”, persisten denuncias sobre represión, bloqueos a protestas y limitaciones democráticas.
El ciudadano venezolano ya no discute solamente ideologías. Discute supervivencia. Discute salarios que no alcanzan, familias separadas por el exilio y jóvenes que crecieron viendo cómo el futuro les fue arrebatado lentamente. Mientras el poder intenta prolongarse, la sociedad continúa acumulando cansancio y desconfianza.
La historia demuestra que ningún régimen puede sostenerse eternamente contra la voluntad de su pueblo. Tarde o temprano, el desgaste político termina alcanzando incluso a las estructuras más cerradas. El problema es que, mientras ese momento llega, generaciones completas terminan sacrificadas entre promesas incumplidas y un poder que se niega a reconocer que el país cambió hace mucho tiempo.
Porque el verdadero temor de los regímenes autoritarios no es la oposición. Es el despertar de una sociedad que deja de tener miedo.
Licenciado Asdrubal Boscan
CNP 7448












