Si este fuera el entorno general, los países latinoamericanos deberían esperar un ciclo más o menos aceptable. Ellos dependen muchísimo del costo del dinero, determinado por la Reserva Federal, y del precio de las materias primas.
Más allá de estas condiciones globales, hay un dato destacado: Biden llega a la Casa Blanca con un bagaje informativo sobre la región muy superior al de cualquiera de sus 45 antecesores. Él se ha interesado por las relaciones internacionales durante toda su carrera. . Como vicepresidente de Barack Obama, él fue el responsable más jerarquizado de mantener la relación con los Gobiernos latinoamericanos. En esa calidad, realizó 13 viajes a la región. Intervino en un comité creado entre los Estados Unidos y México para tratar cuestiones de comercio y migración. Y diseñó un programa de ayuda a Centro América que él mismo defendió ante el Congreso y que ahora pretende agigantar.
El equipo de Biden para América Latina está más definido. Hay un trío principal. Dan Erikson, que fue asesor principal del nuevo presidente entre 2015 y 2017 y ahora trabaja en el Penn Biden Center. Juan González, que fue antecesor de Erikson en el mismo cargo. Y Julissa Reynoso, una de las colaboradoras predilectas de Hillary en el Departamento de Estado antes de ser designada embajadora en Uruguay. No se sabe todavía con qué funciones, pero estos tres expertos están destinados a operar la nueva diplomacia continental de Washington.
Si se observan aquellas 4 prioridades, hay dos que también tendrán una modulación regional: Covid y cambio climático. El enfoque demócrata sobre la pandemia, que marcó la campaña electoral, comprometió a la nueva Administración con el estímulo a campañas de vacunación, cuando eso sea posible.
Las políticas sobre medio ambiente producirán tensiones con Brasil. Jair Bolsonaro ha demorado mucho la felicitación al vencedor de Donald Trump. Como registran las redes sociales, para sus seguidores más fervientes la de Trump fue una desgracia propia. Bolsonaro tuvo hasta ahora un idilio ideológico y también militar con los Estados Unidos: pocas veces un Gobierno brasileño estuvo tan alineado con el Pentágono. Un detalle que alarmó siempre a Nicolás Maduro, el vecino venezolano. Otra de las afinidades de Bolsonaro con Trump fue la resistencia a aceptar los estándares multilaterales sobre medio ambiente. Por ejemplo, el Acuerdo de París. El giro de Washington en esta materia ya fue advertido desde Brasilia: Bolsonaro adelantó que luchará por la “soberanía climática” de su país.
Con las inquietudes ambientales de Biden regresará el impulso que imprimió Barack Obama a las energías renovables. La generación eólica y solar obliga a la utilización de acumuladores que se alimentan con litio. Esa opción tiene un impacto indirecto sobre Perú, Bolivia y la Argentina, que poseen valiosísimos yacimientos de ese metal blando.
En sus pronunciamientos sobre América Latina, en especial el que publicó en marzo pasado en Foreign Affairs bajo el título “Why America Must Lead Again” [Por qué Estados Unidos debe liderar nuevamente, en inglés], Biden recuperó una preocupación que para Trump fue por completo tangencial: la lucha contra la corrupción. Esa prioridad implica el combate a las mafias mediante el fortalecimiento de la justicia y la seguridad en toda la región.
Se supone que los estadounidenses son beneficiarios indirectos de ese esfuerzo, sobre todo si se consigue disminuir el narcotráfico.
En la campaña de Biden apareció una curiosidad: casi no habló sobre Cuba. En su plataforma sobre relaciones exteriores no aparece la palabra. Tiene lógica: Florida era una colina decisiva en la batalla contra Trump. No le fue bien. Repitió el porcentaje de Hillary Clinton cuatro años atrás: 47,8. Pero Trump pasó de 49% a 51,2%. Esa derrota desafía la tesis principal de los asesores de Biden: la política hacia Cuba no puede depender de la búsqueda del voto en Florida. El descongelamiento de la relación con el régimen castrista, que incluyó la reapertura de la embajada en La Habana, fue la jugada principal de Obama para la región. En Cuba se celebraron, con la bendición de Washington, las negociaciones de paz entre el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las FARC.

















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