Hablar de “colectivos” en Venezuela es referirse a la sensación de peligro que cualquier ciudadano percibe si expone diferencias con el gobierno en la vía pública. Hablamos de grupos armados. De brazos entrenados para disparar y aterrorizar a la población. ¿De dónde salieron los colectivos?, la primera referencia llega de Cuba –como muchas iniciativas bolivarianas-, representan una versión pro de las Brigadas de respuesta rápida que implementaron los Castro para defender la “revolución” en los años 60 del siglo pasado. En la incipiente época de Hugo Chávez los llamaron Círculos Bolivarianos, de aquella época sobresalieron nombres como el de Lina Ron, que pasó a la historia como una de las primeras seguidoras del chavismo que prometió bala a los que se opusieran al gobierno.
Como antecedente geográfico de lo que hoy se conoce como “colectivos” hay que mencionar a la parroquia Sucre de Catia, en Caracas, reducto de los “Tupamaro”, un movimiento de izquierda que nació a finales de 1970 y se constituyó como el brazo armado que defendía a los trabajadores. Ante los ojos de las autoridades se denominaron Movimiento Revolucionario de los Trabajadores. Pero su accionar en las barriadas de la capital de Venezuela los posicionó como lo que realmente son: Tendencias Unificadas Para Alcanzar el Movimiento de Acción Revolucionaria Organizada (Tupamaro). El fundador y vocero principal es José Pinto. Desde el año 2004, cuando legalizaron el partido político Tupamaro, este hombre del barrio 23 de Enero ofrece ruedas de prensa semanalmente en las que cuestiona al imperialismo, a la empresa privada, a la oligarquía y a las posturas blandas del gobierno. Se hacen llamar comunistas y de extrema izquierda.
El auge de los Colectivos también se le adjudica a los Tupamaros y al poder de incidencia que ejercen en el gobierno de Nicolás Maduro. En 2013, recién asumió la presidencia del país, Maduro decidió hacer un “trato” con las bandas criminales y creó las “Zonas de Paz”; territorios de alta peligrosidad en las que, a cambio de dejar las armas, el gobierno garantizaba que la policía no hiciera intervenciones en estas localidades. Sin embargo, después de infinitas denuncias de homicidios, secuestros, robos y extorsión, la política fue desechada y se desató una balacera que hoy continúa entre criminales apoderados de barriadas enteras y las fuerzas especiales de la policía y el ejército, que también son cuestionadas y se les acusa de cometer ejecuciones extrajudiciales en contra de jóvenes de los sectores más empobrecidos del país.
El 7 de octubre de 2014 el antiguo ministro de Interior, Miguel Rodríguez Torres decidió intervenir en el barrio 23 de enero de Caracas y esa acción le costó el puesto. Fue destituido del cargo. Y hoy, por más razones, ese hombre está en la cárcel, a pesar de haber sido el arma secreta de Hugo Chávez y de haber creado el sistema de inteligencia y tortura en que se convirtió el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin). El colectivo Tupamaro mostró poder, mucho poder en aquella acción. En la mañana de ese día, a las 10:40, el líder del movimiento 5 de marzo (colectivo), José Odreman Dávila, responsabilizó en televisión nacional al ministro de Interior Justicia y Paz, Miguel Rodríguez de cualquier atentado en contra de su vida. A las 11:50 de esa misma mañana, Odreman cayó muerto en un enfrentamiento con la Brigada de Acciones Especiales (BAES). La autoridad contra la irregularidad. Esa vez ganó la segunda y Miguel Rodríguez Torres acabó su carrera en el gobierno. Después se hizo opositor y hoy –repito- está en prisión.
Asdrubal Boscan













