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La crisis eléctrica agrava la ansiedad y el desgaste emocional de los venezolanos

El Sistema Eléctrico Nacional opera a poco más de un tercio de su capacidad instalada y obliga a millones de ciudadanos a convivir con apagones diarios, fluctuaciones de voltaje e incertidumbre permanente. Esta inestabilidad del servicio se ha convertido en un factor de deterioro de la salud mental al impulsar cuadros de ansiedad, insomnio, hipervigilancia y desesperanza

Por tercera vez esta semana Mirtha no pudo sentir el aire fresco de su ventilador en la noche debido a los cortes eléctricos de hasta 12 horas que se aplican sin cronograma desde hace semanas en su comunidad, en la ciudad de Maracaibo, estado Zulia. «Esto no es vida, es una catástrofe», dice al describir la frustración que siente cada vez que tiene que modificar su rutina diaria debido a la falta de energía eléctrica. Los apagones, las fluctuaciones de voltaje y la incertidumbre permanente sobre el suministro energético se han convertido en parte de la cotidianidad de millones de ciudadanos. Detrás de la crisis eléctrica que afecta al país desde hace años existe una consecuencia menos visible, pero de igual gravedad: el deterioro progresivo de la salud mental de la población.

Si bien el país cuenta con una capacidad instalada de 36.732 megavatios (MW), la disponibilidad real ronda apenas los 12.415 MW, mientras que la demanda nacional es cercana a los 15.000 MW, de acuerdo con cifras de la ONG Monitor Ciudad. Esto significa que el Sistema Eléctrico Nacional opera a aproximadamente 36% de su capacidad instalada, lo que genera una brecha superior a los 2.000 MW, que se traduce en cortes diarios de electricidad en gran parte del territorio nacional.

Los estados del occidente y la región andina figuran entre los más afectados. En zonas de Zulia, Táchira, Mérida y Trujillo los cortes pueden extenderse entre 6 y 12 horas diarias. En otras regiones, como Aragua, Carabobo, Lara y Sucre, las interrupciones suelen oscilar entre tres y ocho horas cada día. Mientras tanto, Caracas sigue siendo una excepción relativa gracias a una política de priorización del servicio, aunque también experimenta un aumento de las fluctuaciones de voltaje y cortes.

La consecuencia inmediata de esta situación se evidencia en la paralización de actividades económicas, daños en electrodomésticos, interrupción de las telecomunicaciones, problemas con el suministro de agua y afectación de los servicios hospitalarios. Sin embargo, especialistas advierten también sobre el impacto psicológico que genera vivir permanentemente bajo condiciones de incertidumbre.

La inestabilidad eléctrica convierte la ansiedad en parte de la rutina diaria
La inestabilidad eléctrica convierte la ansiedad en parte de la rutina diaria | Foto Matias Delacroix / AFP

Una sociedad en estado de alerta permanente

Este 2026, la demanda eléctrica del país escaló a su nivel más alto en nueve años. Mientras el gobierno interino de Delcy Rodríguez asegura que esto se debe a las altas temperaturas, la incidencia solar, el uso de electrodomésticos y la reactivación de comercios, organizaciones como Monitor Ciudad apuntan a que el ligero incremento registrado en los últimos meses en la producción petrolera aumentó la presión sobre una red ya saturada. La demanda eléctrica petrolera ronda los 1.811 MW, lo que se traduce en 36% de la electricidad disponible en occidente y oriente.

Ante la inestabilidad del sistema, el Estado activó un plan de emergencia para evitar una escalada de apagones. Las medidas oficiales de racionamiento y ahorro eléctrico en Venezuela incluyen la implementación de cortes por sectores, el acuerdo con centros comerciales para operar con sistemas de autogeneración y disminuir el consumo y la prohibición de la minería de criptomonedas, señalada por su alto impacto en la demanda energética.

Aunque el plan de racionamiento debería ser programado, ciudadanos denuncian que los prolongados cortes eléctricos se implementan de forma improvisada y, en muchos casos (68%, según Cedice), en horas productivas del día.

Mirtha, que se dedica a la repostería, en los últimos meses ha tenido que cancelar varios pedidos debido a las fallas eléctricas; además, en un par de ocasiones tuvo que desechar pasteles que se dañaron por la falta de refrigeración y el calor. «No puedo planificar adecuadamente los pedidos porque nunca sé cuándo se va a ir la luz. Perdí la cuenta de las veces que me he quedado con la batidora en la mano o sin poder refrigerar una torta».

«Pierdo el material, pierdo los ingresos, pierdo a los clientes por no poder cumplir o quedar mal. Es una situación muy agobiante. No importa cuánto te esfuerces o cuántas ganas tengas de salir adelante, es como si el Estado te condenara a vivir en la miseria. Cada día es de incertidumbre«, añadió.

Para Clara Astorga, presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV), la afectación emocional comienza cuando el entorno deja de ofrecer condiciones mínimas de estabilidad y bienestar. Explicó que la salud mental está estrechamente vinculada con la percepción de control sobre la propia vida. Cuando las personas no pueden planificar actividades básicas, descansar adecuadamente o garantizar la comunicación con familiares y compañeros de trabajo, se produce una sensación de desamparo que termina afectando el bienestar psicológico.

La especialista señaló que la crisis eléctrica ha modificado profundamente las rutinas de millones de venezolanos. Trabajar, estudiar, cocinar, conservar alimentos o simplemente descansar dependen de un servicio que se ha vuelto impredecible.

Cerca de 9 de cada 10 hogares venezolanos experimentan bajones o interrupciones eléctricas, de acuerdo con datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2025. A esto se suma que 39% de los hogares reporta cortes diarios que duran varias horas, mientras que apenas 10% afirma disfrutar de un servicio ininterrumpido.

La situación ha escalado tanto, que en las últimas semanas muchos emprededores e influencers se han mostrado vulnerables en redes sociales hablando sobre cómo la incertidumbre, por no saber cuándo se van a quedar sin electricidad, sabotea su productividad y agota su salud mental, lo que transforma la simple gestión del tiempo en una lucha de adaptación forzada. «Llevo toda la semana esperando que un día no se me vaya la luz para poder trabajar tranquila. Ayer no pude trabajar, el martes no pude trabajar bien porque se va la luz en todas partes. Estoy colapsando, de verdad. Me dan ganas de llorar», manifestó entre lágrimas Fabiana Lizardi, una emprendedora de la ciudad de Valencia, en un video compartido por varios medios de comunicación.