Yalimar lo perdió todo en el sector La Lucha de Catia La Mar. El apartamento que con esfuerzo construyó y donde habitaba junto a su núcleo familiar, quedó reducido a escombros. Sin embargo, aferrada a una fuerza que solo una madre conoce, logró sortear la destrucción y emprender una odisea de regreso a su tierra natal.
Transcurrieron cinco días de absoluta incertidumbre, de caminar entre ruinas, de respirar el polvo del colapso y de tragar seco ante el rugido de la tierra. Para Yalimar Andreina Vergel, el tiempo no se midió en horas, sino en los latidos acelerados de sus tres pequeños hijos: Danna, Luna y Lucas. Ella es una de las miles de almas atrapadas en la tragedia del inédito doble terremoto que sacudió a La Guaira; un desastre que, según el balance oficial más reciente, suma la dolorosa cifra de 1.719 personas fallecidas, 5.034 heridos y un rastro de desolación que deja a 15.866 familias damnificadas.
Yalimar lo perdió todo en el sector La Lucha de Catia La Mar. El apartamento que con esfuerzo construyó, y donde habitaba junto a su núcleo familiar, quedó reducido a escombros. Sin embargo, aferrada a una fuerza que solo una madre conoce, logró sortear la destrucción y emprender una odisea de regreso a su tierra natal. Hoy, justo al mediodía y a tan solo una hora de haber pisado suelo zuliano, esta abnegada mujer abrió las puertas de su memoria a Versión Final desde el refugio de su infancia: la calle 3 del barrio Mi Esperanza, en el sector El Marite de Maracaibo. Allí, arropada por el calor comunitario, relató cómo la vida se suspendió en un segundo.

“O te mueves o te mueres”
El recuerdo del estallido inicial sigue vivo en su mirada cansada. “En el momento del terremoto, no hallaba qué hacer, pero al instante reaccioné, agarré a los niños y los puse en el colchón… Eso fue corriendo, porque ahí ¡o te mueves o te mueres!”, rememora con la urgencia todavía impregnada en el pecho.
La pesadilla no terminó con el primer temblor. La vulnerabilidad de encontrarse a la intemperie con tres niños en brazos se agudizó cuando la tierra volvió a manifestar su furia. “En ese momento en que todas las personas salieron, hubo otra réplica y la gente se volvió a asustar”, relata la maracaibera.
En medio del pánico colectivo, su prioridad fue blindar la mente de sus hijos y prepararlos para el peor de los escenarios: “Yo le dije a mis niños: ‘Tienen que estar pendientes y, si yo no estoy ahí, corran duro. No se vayan a devolver’. Ellos son chiquitos, pero los tenía que preparar”.

La odisea del retorno y la solidaridad a la distancia
Los primeros días transcurrieron bajo las inclemencias del tiempo. Sin un techo seguro y bajo un sol inclemente en una cancha desprovista de todo, la subsistencia se volvió inviable. La mujer detalló a Versión Final que, hasta ese momento, La Guaira carecía de refugios habilitados. Su urgencia también era médica; el bienestar nutricional de sus hijos pendía de un hilo: “Los niños no estaban comiendo bien. Ni durmiendo”.
Ante la crisis, las redes de apoyo familiar y la inconfundible fraternidad zuliana comenzaron a tejerse desde la distancia. Su hermana ya coordinaba ayuda desde Maracaibo. Fue allí donde Yalimar experimentó ese lazo cultural que no entiende de fronteras geográficas: “Me estaba llamando una persona de Maracaibo que ni siquiera conozco”, refiere.
El escape definitivo estuvo marcado por el colapso de las vías y el rumor del desplome de la infraestructura vial. Describe calles completamente destruidas, a lo que se sumó la caída de un puente clave. En un escenario al borde del desabastecimiento, la lucidez de Yalimar la empujó a tomar una decisión definitiva. “Le dije a mi esposo: ‘¿Cómo vamos a hacer? Las personas se van a empezar a morir de hambre porque aquí ya no está llegando la ayuda. Inmediatamente que cierren el puente, los camiones ya no van a pasar’”.
Fue en ese instante crítico cuando apareció lo que ella define como una intervención divina: “En ese momento vi pasar un bus vacío rumbo a Caracas”. Tras llegar a la capital gracias a ese transporte, la travesía continuó en el terminal de La Bandera. Su hermana, articulando esfuerzos “de granito en granito”, logró canalizar donaciones para costear los pasajes hacia el Zulia. Entre esos apoyos destacó la figura de Sharon, una creadora de contenido maracucha que sumó su mano amiga.

La batalla diaria por la salud de sus hijos
Al llegar a El Marite, el alivio de estar a salvo se topó de frente con una realidad precaria. Las necesidades más críticas de la familia están directamente ligadas a la salud de una de sus pequeñas, quien padece el síndrome genético de Turner, una condición que frena su desarrollo físico y requiere un riguroso tratamiento.
Ella, de por vida, tiene que usar hormona de crecimiento porque le falta parte de la información que le permite desarrollarse. Actualmente se encuentra muy pequeñita: tiene casi 8 años y mide lo mismo que un niño de 3 años. El medicamento se llama Somatropina (hormona de crecimiento). Es una solución inyectable que nos dura 40 días, según las indicaciones de su doctor”, explica Yalimar con precisión materna.
La urgencia actual radica en la conservación de dicho fármaco. “El problema es que aquí, en la casa de mi mamá, no hay nevera. Como nos explicó la doctora, es una proteína viva que se tiene que mantener en refrigeración; al no tenerla, la proteína muere. Yo pido la colaboración de alguna persona que tenga una nevera, así sea de segunda mano. Solo con que la parte de abajo enfríe, yo la acepto”.
A pesar de las adversidades y de las barreras que impone el cuidado a tiempo completo de sus tres hijos, las ganas de luchar de esta madre permanecen intactas: “Tengo muchísimas ganas de trabajar. Todas las noches le pido a Dios que me dé una oportunidad, porque yo quiero sacar a mis hijos adelante”, afirma con orgullo.
A su llegada al barrio Mi Esperanza, la comunidad y el gremio de creadores de contenido zulianos no se hicieron esperar. A través de centros de acopio improvisados y donaciones directas, un grupo de creadores digitales de la región se movilizó de inmediato para brindarle un piso mínimo de dignidad: le suministraron una cama con su respectivo colchón, además de ropa y bolsas de alimentos para paliar la emergencia. Los vecinos de la barriada la recibieron con los brazos abiertos, ofreciéndole ese calor humano que cobija a los que han retornado de la desgracia.
Al cierre de la entrevista, con las emociones a flor de piel pero con una entereza inquebrantable, Yalimar mira al cielo y sintetiza su sentir en una profunda gratitud hacia la vida y hacia aquellos rostros anónimos que se convirtieron en sus salvadores.
Estoy agradecida con Dios y con muchos ángeles; con muchas personas que la verdad no conozco pero, como dice mi hermana: no las conozco yo, pero Dios sí. El Señor conoce sus corazones y lo que hicieron para hacerme llegar a casa”.
Hoy, desde El Marite, Yalimar y sus tres hijos representan el rostro de la resiliencia en una Venezuela golpeada por la tragedia; la viva prueba de que, aun cuando la tierra se quiebra, la solidaridad y el amor de madre permanecen inamovibles.
Fuente versión final
















