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¿Por qué Trump miente sobre la felicidad de los venezolanos?

“La gente está realmente feliz. Están bailando en las calles porque hay mucho dinero entrando a través de las grandes compañías petroleras”, afirmó Donald Trump desde la Casa Blanca. Pero en Venezuela no hay fiesta. Hay apagones, salarios pulverizados y una sociedad que vuelve a mirar el aeropuerto como salida. Politólogos y analistas advierten que Washington intenta maquillar como “éxito” una operación que abrió negocios petroleros, pero dejó intacta la estructura autoritaria del chavismo. Una encuesta nacional revela que la tristeza, el desagrado y la rabia predominan en el humor social del país.

En Venezuela la gente no baila en las calles. Sobrevive. Calcula si el dinero alcanza para comer. Revisa cuánto durará el próximo apagón. Decide qué electrodoméstico desconectar para no perderlo en otro bajón eléctrico. Y, cada vez más, vuelve a preguntarse si emigrar sigue siendo la única salida posible.

Por eso las declaraciones de Donald Trump cayeron como una provocación sobre buena parte de la opinión pública venezolana.

“La gente está realmente feliz. Están bailando en las calles porque hay mucho dinero entrando a través de las grandes compañías petroleras”, dijo este miércoles el presidente estadounidense durante un evento en la Casa Blanca, insistiendo en presentar como un triunfo político su intervención en Venezuela tras la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores el pasado 3 de enero.

La frase no solo desconectó a Trump de la realidad cotidiana del venezolano. También dejó al descubierto la narrativa que Washington intenta instalar: la de un país “estabilizado” porque volvieron las petroleras, se reabrieron negocios y algunos indicadores económicos dejaron de desplomarse. Pero estabilidad no es democracia. Mucho menos bienestar.

Preocupa que Trump vuelva a intentar presentar la normalización petrolera como éxito político. ¿Qué dirá cuando los venezolanos que ‘bailan en las calles’ protesten ante la Embajada de Estados Unidos por los presos políticos y las elecciones libres?”, cuestiona Benigno Alarcón, politólogo y fundador del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB.

La pregunta golpea donde más incomoda: en la distancia entre los anuncios geopolíticos y la vida real de los ciudadanos. Porque mientras Trump habla de dinero entrando al país, millones de venezolanos siguen atrapados en salarios incapaces de cubrir la canasta básica, hospitales deteriorados y un sistema eléctrico que castiga especialmente al interior del país, donde los racionamientos superan en muchas regiones las seis horas diarias.

La crítica de Alarcón apunta a un fenómeno que empieza a hacerse evidente: la normalización económica avanza más rápido que la reinstitucionalización democrática.

Hay vuelos internacionales. Hay nuevas licencias petroleras. Hay negociaciones energéticas y mineras. Hay intereses corporativos moviéndose otra vez en Caracas. Pero no hay calendario electoral transparente. No hay un Consejo Nacional Electoral independiente. No hay un Tribunal Supremo plural. No hay garantías políticas reales. Y tampoco libertad plena para los presos políticos.

Venezuela Rodriguez

“Sin reinstitucionalización, cada avance económico es reversible y sirve a la consolidación autocrática”, advierte.

Sus palabras resumen el temor de amplios sectores: que Venezuela termine convertida en una versión reciclada del chavismo, más rentable para los mercados internacionales, pero igual de cerrada políticamente y en materia de libertades.

Y mientras la Casa Blanca celebra negocios, las calles empiezan a enviar otra señal.

Este jueves, representantes sindicales volvieron a manifestar frente a la Embajada de Estados Unidos. La protesta ya no se dirige únicamente hacia Miraflores. Ahora también apunta hacia Washington y su promesa implícita de prosperidad rápida.
Porque la paciencia social tiene límites. Y el hambre también.

El “éxito” que Trump necesita vender

Para Imdat Oner, investigador de la Florida International University y del Jack D. Gordon Institute, la insistencia de Trump con Venezuela tiene una explicación política mucho más doméstica que humanitaria.

El fracaso en Irán tiene costos políticos reales para la administración Trump de cara a las elecciones de medio término. En ese contexto, Venezuela se ha convertido en el único caso de política exterior que Trump aún puede presentar como una historia de éxito”, sostiene.

Pero incluso ese triunfo luce artificial. “Venezuela difícilmente es la victoria emblemática que la administración quiere vender. Trump ha desplazado cada vez más el relato hacia los intereses petroleros y energéticos. Nada más”, afirma.

La observación desmonta parte del discurso épico que intenta construirse desde Washington.
Es que si algo ha quedado claro en estos meses es que el llamado “nuevo escenario venezolano” no ha significado un desmontaje del sistema político chavista. Apenas una adaptación. Oner lo define como “Chavismo 3.0”: el mismo modelo autoritario, pero con maquillaje económico y reformas cosméticas.

La tesis cobra fuerza mientras Delcy Rodríguez mantiene intacto el control político interno y sectores empresariales internacionales regresan atraídos por petróleo, minería y flexibilización parcial de sanciones. “El sistema sigue siendo esencialmente el mismo”, insiste el exdiplomático turco.

La oposición venezolana, errática, mientras tanto, observa con frustración cómo la promesa de transición política se diluye entre licencias petroleras y cálculos electorales estadounidenses.Mucha gente prestó atención a figuras como Marco Rubio, pero el verdadero tomador de decisiones es Trump”, añade Oner. “Y Trump parece mucho más interesado en vender estabilidad que en impulsar cambios estructurales”.

La conclusión es incómoda para quienes creyeron que la caída de Maduro abriría automáticamente las puertas de una democratización profunda. Washington prioriza gobernabilidad energética antes que reconstrucción institucional.

La tristeza como termómetro nacional

Los datos desmontan todavía más la tesis de la “felicidad”, según Trump.

Ricardo Ríos, presidente de la firma Poder y Estrategia, presentó en conversación con Nicmer Evans los resultados de un estudio nacional realizado en Caracas, Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, Puerto La Cruz, Barcelona, Ciudad Guayana, San Cristóbal y Barinas, con 1.400 entrevistas presenciales.

La principal emoción que sienten hoy los venezolanos frente a la situación del país no es esperanza. Ni tranquilidad. Mucho menos euforia. Es tristeza. El 24% de los encuestados identificó ese sentimiento como predominante. Le siguen el desagrado, con 17%, y la rabia, con 10%.

La euforia posterior al 3 de enero se ha ido desdibujando y los indicadores comienzan a tomar nuevamente el rumbo de años anteriores”, explica Ríos.

El dato más alarmante quizá sea otro: la intención de emigrar volvió a crecer.
Después de la llamada “Operación Resolución”, el deseo de abandonar el país había caído a mínimos históricos recientes. Cuatro meses después, vuelve a subir.
“De la euforia a la frustración hay un solo paso”, resume el politólogo.

La encuesta también revela un país profundamente dividido frente al nuevo vínculo entre Washington y Caracas.

El 34% cree que existe una relación “ganar-ganar” entre ambos gobiernos. El 27% considera que Estados Unidos tutela una transición democrática. Y un 17% piensa que Venezuela simplemente está entregando recursos estratégicos bajo una relación de sumisión. Detrás de esas cifras aparece una sensación más profunda: incertidumbre.

Porque aunque parte de la economía muestre movimiento, la mayoría de los venezolanos sigue sin percibir mejoras concretas en su vida cotidiana.

Y hay otro dato imposible de ignorar: 64% de los ciudadanos quiere nuevas elecciones presidenciales este mismo año. La demanda democrática sigue viva. El problema es que ni Miraflores ni Washington parecen tener prisa por escucharla.

El desespero de la gente está centrado en la economía. Si no hay mejora real y tampoco hay elecciones o cronograma electoral, esto puede convertirse en una coyuntura inmanejable”, advierte Ríos.

Trump habla de felicidad. Pero en Venezuela la emoción dominante sigue siendo otra: el cansancio de un país que lleva demasiado tiempo esperando una normalidad que nunca termina de llegar.