Convertir a Venezuela en el estado 51 de los Estados Unidos no sería una solución… sería una confesión, la confesión más brutal de un país que, tras años de crisis, decide rendirse y entregar su soberanía a cambio de estabilidad.
Porque no nos engañemos: ser parte de Estados Unidos significaría orden, dinero y progreso inmediato, llegaría el dólar sin maquillaje, las instituciones funcionarían, la corrupción tendría límites reales y el ciudadano dejaría de sobrevivir para empezar a vivir, se acabaría el éxodo desesperado, terminaría la improvisación, fin al colapso.
Pero también se finaliza Venezuela tal como la conocemos.
Pasar a ser un estado más implicaría que las decisiones no se tomarían en Caracas, sino en Washington, que la identidad nacional dejaría de ser una bandera para convertirse en un recuerdo, el petróleo, la política, la economía y hasta la narrativa del país responderían a intereses ajenos.
¿Vale la pena?
Para millones que hoy pasan hambre sí, los que emigraron o que viven bajo presión política, la respuesta puede ser dolorosamente sencilla sí, vale la pena cualquier cambio que devuelva dignidad, y ahí está la tragedia, un país tan golpeado que incluso renuncia a sí mismo comienza a parecer una salida razonable.
Pero hay una verdad incómoda que nadie quiere decir:
ninguna nación se reconstruye entregándose.
Estados Unidos no anexaría a Venezuela por caridad. Lo haría por interés, recursos, geopolítica, influencia, Venezuela dejaría de ser sujeto para convertirse en pieza.
Entonces la pregunta no es si Venezuela ganaría estabilidad.
La pregunta es más dura:
¿Estamos dispuestos a dejar de ser país para poder vivir mejor? porque ese es el verdadero debate, no es económico, no es político, es existencial.
Y si la respuesta termina siendo “sí”, entonces no estamos ante una solución…
Estamos frente al acta de defunción de una república.
Licenciado Asdrubal Boscan CNP 7448a











