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Marco Rubio en la encrucijada: el complejo equilibrio político para un acuerdo entre EE UU y Cuba

La influencia de la diáspora cubana obliga a Marco Rubio a equilibrar las exigencias radicales de Florida con el pragmatismo estratégico de Donald Trump

Los contactos entre Washington y La Habana no son un diálogo a dos, sino más bien a tres, porque en cualquier entendimiento resulta esencial incorporar a Miami, que tiene objetivos e intereses propios, a menudo diferentes a los de los gobiernos de EE UU y Cuba.

El peso de la diáspora cubana en la política estadounidense —de quien el secretario de Estado, Marco Rubio, es fruto y máximo exponente— influye en cualquier posible acuerdo, aunque los expertos consultados por EFE no ven a Miami como un igual respecto a los otros dos polos.

El papel determinante de Marco Rubio

Michael Bustamante, profesor asociado de Historia de la Universidad de Miami, habla de un «triángulo cubano» en estos nuevos contactos ante la presión estadounidense para introducir cambios económicos y políticos en la isla. «Siempre hay una pulsión entre los tres vértices», apunta.

«Lo que me parece hoy complicado, y a la vez interesante, es que estamos en un momento en el que uno pensaría que entre Washington y Miami hay una sintonía total, y quizás algunas señales indican que no es así del todo», destaca.

Rubio juega aquí «un papel determinante» al ejercer de principal vínculo entre ambos vértices, agrega Bustamante, una posición compleja desde la que conjuga intereses diferenciados: los de su comunidad política de origen y los de la Casa Blanca.

En ese punto incide asimismo Ric Herrero, director ejecutivo del Cuba Study Group, un centro de estudios estadounidense: «Rubio es el hijo de Miami, pero ahora es el secretario de Estado y tiene que seguir las órdenes de Trump. No ejecuta la política de Miami, sino la de Trump».

«Rubio siempre mantendrá en mente los intereses de la comunidad de la que proviene, pero su trabajo consiste en poner prioridades. Él tiene a su cargo las políticas de EE UU sobre todo el mundo. Él hará cosas que recibirán el apoyo de Miami. Pero en su discurso no hemos visto las demandas maximalistas de Miami hacia Cuba, sino algo mucho más pragmático y estratégico», señala Herrero.

Aquí coincide Bustamante, quien advierte que en este punto puede surgir la «tensión» entre Washington y Miami. Porque Rubio «ha mostrado señales de alguna apertura a actitudes un poco más pragmáticas», pero «su comunidad en el sur de La Florida no piensa así» y «sus representantes en el Congreso afirman que un acuerdo económico no es suficiente», indica.

Expectativas y realidades políticas

Rubio ha reconocido que «no hay fuerza política capaz de reemplazar al Estado cubano ni hay necesariamente una Delcy Rodríguez cubana a la vista», en referencia a la presidenta encargada de Venezuela, que sustituyó a Nicolás Maduro tras su captura por EE UU. Esto significa reconocer que hacer tabula rasa en la isla, como ansía Miami, no parece el objetivo de Washington.

En paralelo, diplomáticos del Departamento de Estado y el propio encargado de negocios de EE UU en Cuba, Mike Hammer, afirman que 2026 será el «año de la libertad y del cambio», indica Bustamante. «Ellos mismos han creado tantas expectativas que no entregarle a Miami de alguna manera un cambio dramático podría defraudar a mucha gente. El riesgo de esto se incrementa conforme pasa el tiempo», razona.

Herrero, por su parte, piensa que la comunidad cubanoamericana ha perdido palanca política en los últimos años al encomendarse de forma incondicional a Trump. Florida se ha decantado por el Partido Republicano y ha dejado de ser un «estado bisagra», por lo que ha cedido peso a nivel federal, argumenta.

«Por supuesto que quieren influir, pero veremos cuánto pueden finalmente conseguir», apostilla Herrero, quien considera que los grupos con las demandas más radicales están «atrapados» porque «no tendrían a dónde ir políticamente si Trump no cumple». Herrero considera que los congresistas republicanos de Miami tendrán que «vender como una victoria» cualquier acuerdo con La Habana, aunque no les guste.

Bustamante tiene un punto de vista diferente. A su juicio, la presión de ciertos grupos en Miami «tiene el poder de estorbar mucho la dinámica entre los otros dos vértices». En esto la comunidad cubanoamericana se diferencia de la venezolana en EE UU, que tiene menos peso demográfico y político en Washington, argumenta.

Fuente: El Nacional